Cuando la IA diluye la verdad, la seguridad de la marca se convierte en un reto democrático
La explosión de contenidos generados por inteligencia artificial ya no es una tendencia, es un cambio radical. Imágenes fotorrealistas, testimonios falsos, opiniones sobre productos generadas en cadena, vídeos «deepfake», artículos automatizados, comentarios orquestados: la capacidad de producir contenidos creíbles a gran escala nunca ha sido tan accesible. Paralelamente, las plataformas sociales han reforzado progresivamente una doctrina de máxima libertad de expresión, especialmente en Estados Unidos, donde la regulación se basa más en la responsabilidad individual que en la moderación editorial. El resultado es que, en los flujos sociales, todos los contenidos tienden a coexistir en el mismo plano de visibilidad. Información verificada, opiniones personales, publicidad, sátira, manipulación, opiniones falsas, deepfakes: el algoritmo arbitra la atención, no la veracidad. Para las marcas, esto plantea una pregunta sencilla: ¿dónde queda la seguridad de la marca?
Stéphane LE BRETON
2/15/20268 min leer


Explosión de opiniones falsas: se intensifica la regulación
Durante años, las opiniones falsas se han tratado como una molestia marginal. Un problema técnico. Una desviación aislada.
En 2026, esto ya no es así. Las autoridades han comprendido que las opiniones de los consumidores ya no son una simple herramienta de marketing. Tienen una influencia directa:
las decisiones de compra,
la reputación de las marcas,
la confianza en las plataformas
y, en términos más generales, la integridad del mercado..
En Estados Unidos: la FTC toma medidas drásticas
La Comisión Federal de Comercio (FTC) ha adoptado una norma específica dirigida contra las opiniones falsas y los testimonios engañosos. A partir de ahora, prohíbe explícitamente:
la creación o venta de opiniones falsas,
el uso de opiniones generadas artificialmente,
los testimonios no divulgados de empleados o socios,
la eliminación selectiva de opiniones negativas.
Las sanciones pueden superar los 50 000 dólares por infracción.
No se trata de un ajuste cosmético, sino del reconocimiento oficial de un hecho sencillo: la manipulación de las opiniones se ha convertido en una amenaza sistémica. Y la llegada masiva de contenidos generados por IA no hace más que amplificar el riesgo.
Reino Unido: multas proporcionales al volumen de negocios
En el Reino Unido, la Ley de Mercados Digitales, Competencia y Consumidores refuerza considerablemente las competencias de la Autoridad de Competencia y Mercados..
Las empresas que difundan o faciliten opiniones engañosas pueden ser sancionadas con hasta el 10% de su facturación mundial. El mensaje es claro: la veracidad de las opiniones ya no es una cuestión de imagen. Es una cuestión de conformidad estructural.
Dentro de la UE: creciente presión sobre la transparencia
La Unión Europea, a través de la Ley de Servicios Digitales (DSA), impone a las grandes plataformas:
Mayor transparencia en los sistemas de recomendación.
Obligaciones de moderación reforzadas.
Mayor responsabilidad en caso de difusión de contenidos engañosos.
En un contexto de explosión de contenidos generados por IA, estas exigencias tienen por objeto evitar que lo falso se convierta en algo habitual.
El verdadero tema: la confianza se regula
Este endurecimiento normativo refleja un cambio profundo. Durante años, la confianza era una ventaja competitiva. Hoy en día, se ha convertido en un requisito legal.
Porque la proliferación de opiniones falsas, deepfakes y contenidos sintéticos hace que la autenticidad sea más escasa y, por lo tanto, más estratégica.
Cuanto más inestable se vuelve el entorno informativo, más aumenta el valor de los entornos verificados.
Una tensión paradójica
Lo que hace que la situación sea especialmente llamativa es la discrepancia:
Los reguladores refuerzan la protección contra las opiniones falsas.
Los consumidores exigen más autenticidad.
Las marcas saben que la prueba social es decisiva.
Sin embargo, las inversiones publicitarias siguen concentrándose en entornos en los que la producción masiva de contenidos generados por IA dificulta la verificación..
La regulación envía una señal clara: la batalla ya no se libra solo por la atención. Se libra por la credibilidad.
Los consumidores exigen autenticidad y transparencia.
Si la regulación se intensifica, no es solo por iniciativa de las autoridades. Es principalmente porque los consumidores han cambiado.
En un entorno saturado de contenidos patrocinados, colocaciones discretas, opiniones automatizadas y recomendaciones algorítmicas, la vigilancia ha aumentado.
El público no rechaza la publicidad, rechaza la opacidad. Según el estudio Global Trust in Advertising Study de Nielsen, casi el 88% de los consumidores afirma confiar en las recomendaciones de personas que conocen, y más del 70% confía en las opiniones online cuando se perciben como auténticas.
Esta cifra es fundamental: la prueba social sigue siendo uno de los motores de confianza más poderosos del marketing contemporáneo.
Pero esta confianza ya no es ciega.
Una confianza condicional
El estudio BrightLocal – Local Consumer Review Survey 2023 muestra que:
El 82 % de los consumidores afirma haber identificado alguna vez opiniones falsas en Internet.
La mayoría afirma que una sospecha de manipulación basta para deteriorar considerablemente la percepción de una marc
En otras palabras: los consumidores quieren opiniones, pero saben que el ecosistema puede ser manipulado.
Esta tensión crea un nuevo estándar implícito:
La prueba debe ser visible.
El origen debe ser identificable.
El contexto debe ser creíble.
El proceso debe ser transparente.
Sin estos elementos, la opinión deja de ser un factor de confianza para convertirse en un factor de duda..
La era post-ingenuidad
Hemos entrado en una era posingenua. Los consumidores saben que:
Las opiniones se pueden comprar,
los influencers pueden ser remunerados,
las valoraciones se pueden manipular,
los comentarios pueden ser generados por IA.
Esta lucidez no conduce al rechazo sistemático. Conduce a una mayor exigencia de transparencia.
El público acepta la publicidad. Acepta las opiniones. Incluso acepta las colaboraciones comerciales.
Lo que ya no aceptan es el encubrimiento.
La autenticidad como ventaja competitiva
En este contexto, la autenticidad deja de ser un complemento del alma. Se convierte en una ventaja competitiva.
Una marca capaz de demostrar:
que sus opiniones provienen de clientes reales,
que sus testimonios están verificados,
que sus pruebas son trazables,
reduce inmediatamente el nivel de fricción cognitiva.
Por el contrario, un entorno en el que todo parece posible —falso, exagerado, amplificado— genera una fatiga informativa que penaliza incluso a los actores virtuosos. La desconfianza se generaliza.
El desplazamiento estratégico
Este cambio tiene una consecuencia directa para los medios de comunicación y la publicidad. Cuando la autenticidad se vuelve escasa, ganan en valor relativo los entornos capaces de ofrecer:
un marco claro,
una responsabilidad editorial,
una moderación asumida,
una verificación explícita,
Por lo tanto, la exigencia de autenticidad no es un fenómeno social marginal. Es una variable estratégica que redefine la jerarquía de los entornos publicitarios.
En un mundo en el que la IA puede generar miles de opiniones creíbles en cuestión de segundos, la pregunta ya no es solo «¿confían los consumidores en las opiniones?», sino «¿en qué contexto y con qué garantías puede seguir existiendo esta confianza de forma duradera?».
La atención y la confianza dependen del contexto mediático.
La atención y la confianza no flotan en el aire. Están profundamente condicionadas por el contexto en el que se recibe un mensaje.
Un mismo contenido publicitario no tiene el mismo valor según el entorno que lo rodea. Difundido en un flujo social saturado, entre contenido generado por IA, un vídeo polémico y una opinión viral, se percibe como un elemento más entre otros, a menudo indistinto y, en ocasiones, sospechoso. Inserto en un medio editorializado, identificado y jerarquizado, se beneficia de un marco, una legitimidad implícita y una forma de estabilidad.
Este fenómeno no es teórico. Los trabajos realizados por FranceTV Publicité con Ipsos y Tobii sobre la medición de la atención muestran que los entornos premium estructurados, en particular la televisión, generan más segundos de atención que los entornos desplazables y saltables. La atención es menos fragmentada, menos multitarea y menos defensiva. Está más disponible..
Pero lo que está en juego va más allá de la duración de la exposición. El contexto mediático actúa como un filtro de credibilidad. Los medios de comunicación asumen una responsabilidad jurídica, editorial e institucional. Seleccionan, jerarquizan y verifican. Esta arquitectura crea un efecto de escaparate: el mensaje publicitario no se encuentra aislado en un flujo ind
Por el contrario, en entornos en los que todos los contenidos coexisten en el mismo plano (información, opinión, sátira, opiniones falsas, deepfakes), la jerarquía desaparece. El algoritmo da prioridad al compromiso, no a la fiabilidad. La publicidad se ve entonces expuesta a un riesgo de contaminación contextual: aunque el mensaje sea riguroso, el contexto puede debilitar su percepción.
En este caso, la confianza ya no depende únicamente de la marca. Depende del medio que la acoge.
Los estudios del Instituto Reuters muestran, además, que la confianza en la información varía considerablemente según el canal de difusión. Los medios de comunicación tradicionales siguen siendo percibidos como más fiables que los contenidos difundidos a través de las redes sociales. Esta diferencia de percepción no es neutra: influye en la forma en que se interpreta, memoriza y evalúa un mensaje comercial.
En otras palabras, la atención es medible. La confianza, por su parte, depende del contexto.
Y en un entorno en el que la IA hace que lo falso sea más creíble y lo verdadero más difícil de distinguir, la elección del contexto mediático se convierte en un acto estratégico. Ya no es solo una decisión de cobertura o rendimiento. Es una decisión de credibilidad.
Si la atención capta la mirada, el contexto condiciona la interpretación. Y es esta interpretación la que, en última instancia, determina el impacto real de un mensaje.
La fuga de inversiones publicitarias: ¿rendimiento, pero a qué precio?
La creciente concentración de las inversiones publicitarias en las plataformas digitales no se explica únicamente por motivos técnicos o presupuestarios. Se basa en una promesa de rendimiento, optimización en tiempo real y granularidad de la segmentación.
Sin embargo, esta dinámica produce un efecto sistémico. En Francia, los medios tradicionales (televisión, radio, prensa) solo representarán alrededor del 33% del mercado publicitario total en 2025, frente al 46% en 2021. La mayor parte del crecimiento lo acaparan ahora las grandes plataformas tecnológicas mundiales.
Este desplazamiento no es neutro. Modifica:
la estructura de financiación de la información,
el equilibrio del pluralismo,
y la capacidad de los medios de comunicación nacionales para invertir en contenidos exigentes.
Es precisamente esta constatación la que ha llevado a Publicis Media a lanzar la iniciativa Media Citizen. El objetivo declarado es claro: conciliar el rendimiento de los medios de comunicación y el pluralismo, reasignando progresivamente una parte de las inversiones a entornos editoriales —prensa, televisión, cine— considerados esenciales para el debate público.
La idea es estratégica: la publicidad no solo financia impresiones o clics. Financia ecosistemas.
En un contexto en el que los medios de comunicación «tradicionales» tienen dificultades para mantener su equilibrio económico, la cuestión ya no es solo el retorno de la inversión a corto plazo, sino la sostenibilidad del modelo informativo.
Seguridad de marca: un riesgo que ahora se puede medir
Esta reflexión coincide con otra realidad documentada por los estudios sobre la seguridad de las marcas.
Según los análisis de Integral Ad Science (IAS), la presencia de un mensaje publicitario cerca de contenidos considerados de riesgo —desinformación, discursos extremos, contenidos generados artificialmente— puede provocar:
una disminución significativa de la intención de compra,
un deterioro de la percepción de la marca,
y una disminución de la memorización publicitaria.
Los estudios de DoubleVerify también confirman que los entornos editoriales premium obtienen puntuaciones de idoneidad de marca más altas que los entornos abiertos no moderados y generan mayores niveles de confianza entre los consumidores.
En otras palabras: el rendimiento bruto no siempre compensa el riesgo contextual.
Cuanto más saturado está el ecosistema digital de contenidos generados por IA, más se convierte la capacidad de garantizar un entorno fiable en una ventaja competitiva.
Una tensión estratégica
La paradoja es sorprendente. Por un lado, las plataformas ofrecen :
una optimización avanzada,
métricas en tiempo real y
una capacidad de segmentación sin igual.
Por otro lado, los medios editorializados ofrecen:
un marco,
una responsabilidad jurídica,
una jerarquía,
una mayor protección contra los abusos informativos.
La iniciativa Media Citizen, impulsada por Publicis Media, ilustra esta tensión: ¿cómo conciliar el rendimiento esperado por los anunciantes con la necesidad de apoyar entornos mediáticos que contribuyan a la democracia?
La fuga de inversiones publicitarias no solo plantea un problema económico. Plantea una cuestión de modelo.
En un mundo en el que la IA hace que lo falso sea indistinguible de lo verdadero a gran escala, la seguridad de la marca ya no puede reducirse a un filtro técnico. Se convierte en una elección estratégica de contexto..
Y esta elección determina no solo la eficacia publicitaria a corto plazo, sino también la credibilidad del ecosistema a largo plazo.
La cuestión ya no es solo proteger las marcas de los entornos de riesgo. Se trata de proteger el espacio público de la erosión de la verdad.
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